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Pluma y Oído
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Viernes -22/08/2008
Con el alma en una nube
Por: Luis Guerrero
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McCourt debutó en la docencia con adolescentes muy inquietos en un colegio de Nueva York y mantener las cosas bajo control fue su primer gran desafío. Un día, uno de sus alumnos lanzó por los aires un sándwich de salchicha y fue a caer justo a sus pies, ante la mirada expectante de toda la clase. El joven McCourt tuvo que pensar su mejor respuesta en pocos segundos, conciente de las consecuencias de una mala decisión. Repasó rápidamente sus opciones, luego recogió el sándwich del suelo… y ante la sorpresa de todos empezó a comerlo, a elogiar la buena sazón de su hacedora y a recomendar a sus alumnos que no vuelvan a tirar algo tan sabroso.
Esta anécdota, relatada por Frank McCourt en su libro «El Profesor», una novela que ningún educador debiera perderse, fue la que Constantino Carvallo compartió en una ocasión, en pleno debate sobre las políticas de formación docente. ¿Dónde aprende uno a educar con imaginación, flexibilidad y sensatez en las condiciones reales de cualquier aula de clases? se preguntaba entonces ¿Dónde, si a los docentes sólo se les ofrece la oportunidad de repasar contenidos y metodologías?
Carvallo admitía también que la parte más difícil de la educación era la educación de los deseos. Pero señalaba al mismo tiempo que el hábito de la obediencia destruía en el niño y luego en el adulto la capacidad de decidir y de ser ciudadano, de gobernarse y gobernar. Así pensaba Constantino Carvallo. Por eso le irritaba tanto la arrogancia del poder, la incapacidad del gobernante para escuchar ideas distintas a las propias y también su doble moral, esa que le permite mostrarse acogedor con quienes lo aplauden y despreciar a quienes lo critican o atribuir a otros la responsabilidad por los efectos de sus propias decisiones e indecisiones.
Carvallo no sabía callar. Tampoco disimular su fastidio por las desigualdades en la educación ni por la necedad y la soberbia de los llamados a resolverlas. Más bien su indignación podía aguijonear su habilidad para argumentar sus opiniones con una erudición y contundencia irreplicable. Por eso Carvallo, tímido unas veces, sanguíneo otras, valiente y honesto siempre en su manera de ver la educación y las políticas oficiales, no gozaba en absoluto de las simpatías del poder.
«Más allá de los cincuenta años empezamos a morirnos poco a poco en otras muertes. Los grandes magos, los chamanes de la juventud parten sucesivamente… Entonces llega el día en que el primero de ellos invade horriblemente los diarios y la radio. Tal vez tardaremos en darnos cuenta de que también nuestra muerte ha empezado ese día». Esto escribió Julio Cortázar en 1979. Recordé estas palabras hace dos años como un presagio, cuando las noticias sobre la muerte de algunos queridos amigos míos, en la frontera de los 50, empezaron a sucederse sin piedad.
Las recordé el pasado lunes nuevamente ante la noticia de otra muerte no menos insólita como la de Constantino Carvallo, justo al filo de la misma edad. La súbita partida del fundador del Colegio Los Reyes Rojos, ex miembro del Consejo Nacional de Educación, me ha provocado como a muchos una profunda pena, pero también cierta rabia. «Con el alma en una nube y el cuerpo como un lamento, se marcha el padre del pueblo, se marcha el maestro» decía el poeta Gabriel Celaya. Pero no se si una nube sea el mejor lugar para el alma de este hombre. Sinceramente, lo prefiero reencarnado. Hasta siempre Constantino.
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Educador, licenciado en la PUCP, con estudios de Filosofía, un postgrado en Terapia Familiar Sistémica en IFASIL y estudios de maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado de Chile. Miembro del equipo asesor del Consejo Nacional de Educación; profesor principal de la Escuela de Directores y Gestión Educativa, de IPAE; miembro del Comité Directivo de la asociación civil Foro Educativo, de la que es socio fundador.
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